Mayo 14, 2014 - 8:30am
- 14/05/2014 0 comentarios | | |

Vivir el sueño

La crónica sobre Lourdes Tejeda Alfonso conquista el agradecimiento y la admiración que se debe tener hacia el personal de enfermería
Susana Alfonso Tamayo susanaat1989@gmail.com

Con su sonrisa franca y numerosas anécdotas que hablan de una mujer entregada a su profesión, Lourdes Tejeda Alfonso conquistó mi admiración. Ya una compañera de trabajo me había hablado de ella, de cuánto empeño puso en curarla y cuán agradecida le ha estado y estará siempre.

Bastaron unos minutos de amena charla para acercarme a su fructífera carrera como enfermera y comprobar que mi amiga no era la única para quien Lourdes ocupa un lugar prominente en sus recuerdos. Una joven que pasaba y entró a saludar, comentó entre sonrisas cómo esta enfermera salvó su vida cuando aún era muy pequeña. Desde entonces ha prevalecido una estrecha relación entre ambas, a prueba del paso de los años.

Lourdes se formó en la Escuela Fe del Valle, en Guanajay. “La nuestra fue la primera graduación masiva de la Escuela de Auxiliar de Enfermería en el país. La celebración tuvo lugar en Sancti Spíritus, y Bola de Nieve fue el artista invitado, pero antes de eso estuvimos 15 días trabajando en el campo, en esa misma provincia”, recuerda Lourdes.

Comenzó su labor en el hospital de Pinar del Río, para hacer la especialidad de enfermera en el terreno. Trabajó muy vinculada con las comunidades rurales y, al terminar, centró su obra en Mariel, en cuyo policlínico estuvo hasta la jubilación, 32 años después.

“Mi papá no quería que yo estudiara enfermería, pues en aquel tiempo se creía que las mujeres debían quedarse en la casa, pero mi mamá sí me apoyaba. Pese a la desaprobación de mi padre, me fui, porque siempre quise ser enfermera, desde niña, y no me imaginaba haciendo otra cosa”.

Jamás se arrepintió de semejante decisión esta diestra mujer que hoy acopia tantas experiencias y conocimientos.

Asumió cada tarea con tesón, ganándose el reconocimiento de quienes compartieron el camino, o recibieron sus cuidados.

“Atendí a tuberculosos, y me los ganaba a todos, pues nunca los miré con repulsión sino que les mostraba respeto”, comenta Lourdes, y agrega: “También asumí, junto a otras dos compañeras, la vacunación de los cañeros. Íbamos a los albergues y compartíamos con ellos, incluso nos preparaban fiestas el 14 de mayo”.

Igual rememora sus visitas, en la tarde y hasta en horas nocturnas, a algunas familias para atender a las embarazadas, vacunar y hacer pruebas citológicas, pues las personas, al inicio, no tenían cultura sanitaria y debía convencerlas de la importancia de tales atenciones.

“Disfruto de ayudar y salvar a los pacientes, muchos de ellos me adoran y, aunque me retiré hace 15 años, todavía vienen a buscarme”, declara Lourdes con orgullo.

“Una buena enfermera debe amar su carrera, porque enfrenta muchas dificultades. Y necesita ser muy paciente”.

Setenta primaveras no borran tanta vitalidad. El buen ánimo sigue embelleciéndole el rostro. Sin dudas, el placer de realizar su sueño como enfermera, y dedicarle la vida, tiene mucho que ver. Como ella, disímiles profesionales de esta rama cumplen similar anhelo y, con la faena cotidiana tras los uniformes blancos, jeringas, sueros y curas, hacen posible que otros también disfruten de la vida.

Mayo 14, 2014 - 8:30am
- 21/04/2014 0 comentarios | |

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